Una periodista llega a la localidad de Woottlan con un encargo sencillo —entrevistar a tres internos de un sanatorio psiquiátrico que años atrás desvalijaron una caja fuerte y nunca revelaron dónde escondieron el botín— y descubre que el…
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Una periodista llega a la localidad de Woottlan con un encargo sencillo —entrevistar a tres internos de un sanatorio psiquiátrico que años atrás desvalijaron una caja fuerte y nunca revelaron dónde escondieron el botín— y descubre que el motel de carretera donde se aloja guarda tanto misterio como el manicomio de la colina. Novela breve de terror e intriga criminal, narrada con ritmo de folletín y una atmósfera permanente de niebla, sospecha y violencia contenida.
El director del News of the Day quiere unos artículos sobre tres locos, y Loretta, joven y con buen olfato profesional, acepta el encargo sin discutirlo. Conduce hasta Woottlan mientras repasa el expediente: Reginald, Nicholas y Max se fugaron de un psiquiátrico dos años atrás, entraron en la mansión londinense de lord Kerrington y vaciaron su caja fuerte. Recuperaron a los hombres; las joyas, valoradas en quinientas mil libras, jamás aparecieron. Todas las respuestas de los tres fueron confusas e incoherentes, pero la propia víctima del robo sostiene que un plan tan limpio no puede haber salido de mentes perturbadas.
La niebla decide por ella el alojamiento. Antes de llegar al pueblo, Loretta se detiene en un motel de carretera que comparte cruce con una gasolinera y un bar restaurante, a la sombra del edificio amurallado que ha venido a visitar. El recepcionista, alto, delgado y de mirada helada, cobra por adelantado y no dice una palabra de más. Es la primera de una serie de señales que la periodista no sabe interpretar todavía: un lamento tras una puerta entreabierta, una copa que no contiene vino, un huésped de americana a cuadros que vigila a una mujer rubia desde la mesa del fondo. Esa mujer es Sabina Arcand, antigua compañera de Reginald, y su presencia en el mismo cruce de caminos no puede ser casual.
En el sanatorio, el doctor Freechman la recibe con cortesía y le concede una excepción: podrá hablar con los tres pacientes, calificados hoy de pacíficos, siempre bajo la vigilancia cercana del enfermero Morrow. En el jardín, además de los tres protagonistas de su reportaje, Loretta encuentra a un cuarto interno, Roger Burggan, joven y atractivo, que le confiesa un crimen atroz con absoluta indiferencia para desdecirse un minuto después. La entrevista apenas ha empezado cuando un incidente en el ala norte —donde se agrupan los casos más difíciles— desemboca en un motín que la periodista presencia de cerca y del que sale por muy poco, gracias a una puerta que alguien olvidó cerrar.
De vuelta al motel, Loretta hace lo que mejor sabe: provocar una conversación. Con Sabina Arcand, cada vez más locuaz a medida que avanzan los whiskies, obtiene lo que había ido a buscar. La mujer ha llegado a Woottlan con un acuerdo cerrado con lord Kerrington: si consigue sonsacar a los tres internos el escondite de las joyas y entrega la información a la policía, cobrará cincuenta mil libras. Es un buen negocio, admite, siempre que ellos no vuelvan a escaparse. La sola posibilidad la hace temblar.
Entre la niebla que borra los contornos, un personal médico demasiado amable, unos camareros inexplicablemente nerviosos y un huésped cuyos gustos resultan difíciles de explicar, el reportaje de Loretta se va convirtiendo en otra cosa. La novela alterna la investigación periodística con escenas de horror explícito y sostiene una duda que la recorre entera: si esos tres hombres estuvieron alguna vez locos, o si la locura fue solo el mejor escondite disponible.
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