En 1922, en una colección de bolsillo de cincuenta céntimos, Juan Ramón Jiménez publicó la antología con la que quiso hacer «un libro perfecto»: «todo conciso, ceñido, exacto y con la belleza justa».
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En 1922, en una colección de bolsillo de cincuenta céntimos, Juan Ramón Jiménez publicó la antología con la que quiso hacer «un libro perfecto»: «todo conciso, ceñido, exacto y con la belleza justa». Bajo su aspecto humilde late una revisión radical de veinte años de escritura, sometida al filtro de la poesía desnuda, y el libro que —contra la voluntad de su autor— acabó siendo el más leído de su obra después de Platero y yo.
Cinco años antes, en 1917, el poeta había reunido su «obra poética juvenil» en unas Poesías escojidas editadas con lujo por la Hispanic Society of America. El desencuentro con su patrocinador y el elevado coste del volumen condenaron aquel libro a la rareza bibliográfica: apenas circuló fuera del círculo de sus amigos. La invitación de Manuel García Morente a la «Colección Universal» de CALPE le ofreció justo lo contrario: papel tasado, tipos diminutos, cubiertas con publicidad y un público inmenso a ambos lados del Atlántico.
Juan Ramón aceptó y convirtió el encargo en una obsesión. Le habían pedido unos 360 poemas; entregó 522. El libro cuadruplicó su volumen, tardó tres años en cerrarse, empezó a imprimirse dos años antes de estar terminado y llevó al editor al borde de la ruptura. Cada galerada devuelta traía no solo erratas corregidas, sino poemas reescritos, puntuación alterada, textos suprimidos y otros nuevos. Más que seleccionar, el poeta «podaba»: depuraba su primera juventud modernista hasta hacerla irreconocible para sus antiguos lectores.
El resultado es un manifiesto de gusto personal antes que una recopilación complaciente. Conserva la j rebelde del título, el doble guion largo inventado por el autor, la cita de Goethe sobre el astro que gira sin prisa y sin descanso, y la dedicatoria «A la minoría, siempre», paradójica al frente de una colección popular concebida para la regeneración cultural de todo un país. Para él no era más que un libro provisional, una cala fronteriza en una Obra viva y en marcha que nunca llegó a cerrar.
El destino dispuso otra cosa. Convertido en el título más difundido de su bibliografía tras Platero y yo, sostuvo el nombre del poeta durante la posguerra, cuando el exilio y su propio escrúpulo editorial casi lo borran del mapa español. Cada reimpresión, sin embargo, añadió defectos: a lo largo de casi cuarenta tiradas se acumularon erratas que llegan a desvirtuar el sentido de los versos, hasta perderse la coma de su célebre dedicatoria. Estas páginas reconstruyen, con correspondencia y documentación de archivo, cómo se hizo aquel libro, qué separó una antología de la otra y por qué merece leerse en el texto que su autor fijó.
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