Cuatro amigas de toda la vida se plantan en la puerta de Estefanía, fiscal recién separada, con las maletas hechas y un vuelo a Ibiza reservado. A ellas se suma Alexandra, la hija veinteañera que se autoinvita.
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Cuatro amigas de toda la vida se plantan en la puerta de Estefanía, fiscal recién separada, con las maletas hechas y un vuelo a Ibiza reservado. A ellas se suma Alexandra, la hija veinteañera que se autoinvita. Lo que empieza como una escapada de sol y cócteles se convierte en un viaje hacia dentro, donde los secretos que una de ellas arrastra amenazan con desbaratarlo todo.
Estefanía Morales cierra la puerta de su piso un viernes por la noche con el gesto de quien quiere dar carpetazo a una novela demasiado larga. Es fiscal, madre de dos gemelos de veintiún años y lleva seis meses separada de una manera limpia, civilizada y sin escándalo, que es justo la clase de ruptura que duele el doble porque no deja a nadie a quien culpar. Su vida se ha reducido a expedientes abiertos, táperes recalentados y la costumbre de gritar «estoy en casa» a un pasillo vacío.
Entonces llaman a la puerta. Son Beatriz, Ainara y Rebeca, las amigas del colegio que la han visto en todas sus versiones, plantadas en el descansillo con una maleta cada una y una sonrisa demasiado iluminada para ser inocente. Han gastado sus ahorros en catorce días en Ibiza, han hablado con su jefa, le han hecho la maleta y han organizado su vida sin consultarle nada. Alexandra, su hija, aparece con una bolsa de patatas y la noticia de que se apunta aunque nadie la haya invitado. Estefanía busca argumentos y no encuentra ninguno: hay emboscadas que no matan, sino que devuelven la vida.
Lo que sigue es la crónica de una escapada narrada casi con lenguaje de cámara —la Terminal 4 a las cinco de la mañana, el vuelo del amanecer, el calor húmedo del aeropuerto de Ibiza, un coche de alquiler demasiado pequeño para cinco maletas y cinco egos— y protagonizada por cinco mujeres que llegan a un hotel muy por encima de sus posibilidades. Están Beatriz, la Drama Queen, magnífica y ambigua, que carga con un secreto que su amiga Rebeca ya le ha pedido que confiese antes de que estalle; Ainara, la Sindicalista, la que hace listas en PDF y sostiene una vida aparentemente perfecta; Rebeca, la Mami Michelin, cocinera, madre de un hijo trans, que solo ha conocido a un hombre en su vida; y Alexandra, la Psicobaby, que observa a todas con una lucidez incómoda. Y hay un recepcionista llamado Leo cuya mirada se detiene un segundo de más en Estefanía.
Entre piscinas infinitas, calas escondidas, discotecas, resacas traicioneras y cenas donde nadie dice lo que debería, la novela va desmontando el decorado vacacional para llegar a lo que realmente importa: lo que estas mujeres callan, lo que se deben, lo que están dispuestas a perdonarse. Porque el secreto que Beatriz arrastra terminará saliendo, y ninguna volverá exactamente igual que como se subió al avión.
Con un tono que alterna la carcajada y el nudo en la garganta, esta es una historia sobre la amistad femenina como último refugio, sobre cumplir cuarenta sin darse por muerta y sobre la diferencia —fundamental— entre huir de algo y ir hacia algo. El destino podría haber sido Menorca, Cádiz o un pueblo de Toledo: no importa el lugar cuando el viaje es hacia una misma.
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