Colección de estampas cómicas ambientadas en los barrios populares del Madrid castizo, donde la fiebre por el deporte moderno choca con la vida cotidiana de gentes humildes.
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Colección de estampas cómicas ambientadas en los barrios populares del Madrid castizo, donde la fiebre por el deporte moderno choca con la vida cotidiana de gentes humildes. Un luchador de grecorromana que pierde el «Cinturón de Madrid», una olimpiada de barrio jugada a la rana, un albañil deslumbrado por el boxeo, un club de fútbol de vecindario, un nadador que se entrena en una tina y unas carreras de burros componen un desfile de escenas dialogadas llenas de ingenio verbal, malapropismos y humor del absurdo.
Esta obra reúne una serie de piezas breves en forma dialogada que retratan, con mirada burlona y cariñosa a la vez, la irrupción de los deportes modernos en los barrios modestos de Madrid. Cada estampa toma una disciplina distinta y la traslada al terreno doméstico y vecinal, donde lo épico se vuelve irremediablemente cómico. En «Tadeo, el grecorromano», un luchador profesional de ciento treinta y seis kilos regresa a casa derrotado tras disputar el «Cinturón de Madrid» y acaba aplicando sus llaves de combate al amigo que se burla de él. «La Olimpiada de Bellas Vistas» presenta a un grupo de castizos que se entrenan para unos juegos olímpicos de barrio cuyo deporte estrella es el juego de la rana, con tejos que aciertan más en los ojos de los espectadores que en el cajón. En «El novio de la Benigna», una muchacha explica a su padre albañil en qué consiste el boxeo, y el hombre, al enterarse de lo que cobran los campeones, decide rendir pleitesía al novio púgil y abandonar la paleta para siempre. «El “once” del Amaniel F. C.» recrea la asamblea de un club de fútbol vecinal que, herido en su honor por las dudas de un rival, planifica un partido a base de patadas en las espinillas y codazos reglamentarios. «La natación de Anastasio» muestra a un hombre que lleva meses entrenándose en una tina de lavar con la ilusión de cruzar a nado el Atlántico, ante la desesperación de su mujer. Y «El gran “premio” de la Arganzuela» convierte un solar entre viviendas humildes en hipódromo improvisado donde compiten burros de alquiler con nombres imposibles. El conjunto despliega un humor construido sobre el habla popular madrileña: deformaciones fonéticas, latines macarrónicos, comparaciones disparatadas y una lógica del absurdo que anticipa lo mejor de la comedia española del siglo XX. Bajo la risa asoma también un retrato social: el de una época en que el deporte, recién llegado como espectáculo de masas, prometía fortunas y gloria a quienes apenas tenían para la ensalada de pepinos.
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