En la corte vampírica del siglo XVII, un rey recién coronado y huérfano rompe la tradición al elegir una sola compañera; siglos después, en el Manhattan actual, ese mismo rey ciego lucha por sostener su trono, su matrimonio y su reino…
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En la corte vampírica del siglo XVII, un rey recién coronado y huérfano rompe la tradición al elegir una sola compañera; siglos después, en el Manhattan actual, ese mismo rey ciego lucha por sostener su trono, su matrimonio y su reino frente a una conspiración interna.
La obra abre en el Viejo Mundo del siglo XVII, en un castillo de piedra donde un joven acaba de heredar una corona que no deseaba. Wrath, hijo de Wrath, todavía busca a su padre con la mirada en cada habitación, incapaz de asimilar que el gran gobernante ha cruzado al más allá y que las vestiduras ceremoniales, las dagas y los juramentos ahora le pertenecen a él. El duelo lo ha dejado a la deriva entre cortesanos que lo sirven sin conocerlo, y el protocolo exige de inmediato lo que menos le importa: aceptar a una hembra escogida por su linaje con fines reproductivos.
La presentación se desarrolla con toda la frialdad del rito. Consejeros de túnica gris hablan de la novia como de una ofrenda; los guerreros de la Hermandad de la Daga Negra la escoltan en formación cerrada, cantando. Pero antes de verla, el rey percibe su aroma, y algo irreversible se activa en él: un instinto posesivo y protector que barre de un golpe la apatía del luto. Despide a la corte, arrastra el trono hasta ella para que se siente y se arrodilla a sus pies.
La escena se cuenta también desde el otro lado del velo. Anha lleva tres décadas criada en reclusión, sin madre ni padre, preparada como un objeto valioso para un destino que jamás eligió. Espera humillación, violencia o abandono; encuentra en cambio a un macho que le pide que lo toque, que la cubre con la seda roja reservada a la reina, que la corona con rubíes y celebra la unión allí mismo, en privado. Y que hace algo sin precedente: renuncia a la costumbre de tomar múltiples compañeras y declara que solo habrá una para él. La ruptura del protocolo consolida el amor de la Hermandad y siembra el resentimiento de los consejeros, cuyo desagrado silencioso anticipa la tragedia que más tarde acabará con la vida de ambos y dejará a un heredero escondido.
El relato salta entonces al presente, al Meatpacking District de Manhattan, donde un descendiente homónimo —el último vampiro de sangre pura— se refugia con su compañera Beth en un loft que funciona como escondite del mundo. Su encuentro íntimo, urgente tras semanas de distancia, es también un intento de recuperar algo que la política y la violencia les han ido quitando. La escena erótica se quiebra cuando Beth revive el recuerdo del atentado: la sangre sobre el chaleco antibalas, el disparo en el cuello, el sobresalto que ahora le provoca cualquier ruido seco. El color rojo, que en el pasado significó honor y coronación, para ella se ha convertido en el color de la muerte.
De ese contraste vive la narración. Wrath es un rey ciego, encadenado a un escritorio de peticiones, proclamas y correos de una aristocracia que ha dejado de escribir precisamente porque conspira. Añora la guerra en la calle, la vida de guerrero que su cargo le prohíbe, y arrastra la memoria de haber presenciado, con ojos todavía sanos, el asesinato de sus padres. Beth es la única voz capaz de moderarlo, y también la que sospecha que sus promesas de invulnerabilidad son más fáciles de pronunciar que de cumplir. Entre ambos tiempos —la corte antigua y la ciudad contemporánea— el texto traza una misma pregunta: qué precio cobra el poder heredado a quienes lo aman, y si la elección de una sola persona puede sostener a un rey cuando el enemigo ya no viene de fuera, sino de su propia casa.