Un veterano de la Guerra de la Causalidad vive solo en una granja al final de los tiempos, con máquinas que siembran y cosechan por él, un tractor soviético restaurado y un dinosaurio con nombre de mascota.
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Un veterano de la Guerra de la Causalidad vive solo en una granja al final de los tiempos, con máquinas que siembran y cosechan por él, un tractor soviético restaurado y un dinosaurio con nombre de mascota. Su paz es absoluta porque él la administra: cada visitante que llega desde el pasado en una cápsula improvisada recibe pan, vino y una bienvenida cordial antes de que su época entera sea borrada del mapa. Una fábula amarga sobre la soledad convertida en política.
El narrador se levanta con el primer sol y describe otro día perfecto: los satélites deciden la lluvia, los robots plantan y trillan, el pan lo amasa él mismo y la única imperfección la introduce a propósito, para tener algo que arreglar. Fue soldado; ahora es granjero en el último tramo habitable del tiempo, después de una guerra que no se libró con bombas sino con máquinas capaces de reescribir las causas de las cosas.
A esa quietud llega Rigo, tercera generación de un búnker donde el invierno nuclear no afloja, lanzado hacia el futuro dentro de una cápsula que nadie esperaba que funcionara. Llora al ver el horizonte, come hasta saciarse, cuenta su vida entera a la primera persona dispuesta a escucharla y concluye que debe volver para avisar a los suyos de que la salvación existe. El anfitrión asiente, sirve más vino y, cuando cae la tarde, hace sonar la campanilla con la que llama a comer a su mascota emplumada.
El relato se ensancha entonces hacia atrás. Antes de Rigo hubo un profesor eduardiano de bigote encerado y máquina de caoba y latón, una científica del siglo XXI que solo quería salvar su mundo, y tres filósofos atenienses con un mecanismo imposible. A todos les tocó lo mismo: hospitalidad primero, y después un viaje quirúrgico a su pasado para asegurarse de que su cultura jamás aprenda a moverse por el tiempo, aunque el precio sea desaparecer escuelas de pensamiento, linajes enteros o siglos de ciencia.
El tercer tramo explica la guerra que hizo posible todo esto: un conflicto menor que escaló hasta que ambos bandos pulsaron el botón que prometía deshacer la contienda desde su origen, y descubrieron que sus agentes ya estaban repartidos por la historia, corrigiéndose unos a otros hasta que no quedó ninguna versión de los hechos a la que regresar.
Lo que sostiene la novela es la voz: cálida, bromista, aficionada al buen queso y a los motores viejos, y por eso mismo insoportable cuando confiesa sin bajar el tono que la paz mundial que tanto celebra consiste en ser el único que queda y en matar a quienquiera que amenace con hacerle compañía. Cuando la soledad le pesa, viaja a una fiesta cualquiera del pasado y vuelve a casa para la hora del té.
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