Tras una separación que la deja sin red, una escritora que nunca consiguió terminar su novela acepta un empleo de recepcionista en una consultora madrileña alojada en un rascacielos de fachadas espejadas.
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Tras una separación que la deja sin red, una escritora que nunca consiguió terminar su novela acepta un empleo de recepcionista en una consultora madrileña alojada en un rascacielos de fachadas espejadas. Desde el mostrador del vestíbulo aprende a leer a la gente que entra y sale: al presidente y su joven esposa alemana, al chófer que la conduce, a la ejecutiva que lo controla todo, al vicepresidente al que nadie escucha. Lo que empieza como una necesidad de dinero se convierte en una observación cada vez más íntima de una empresa donde las jerarquías, el deseo y el silencio sostienen el edificio entero.
La narradora tiene treinta y dos años, ocho de convivencia recién terminados y una novela ambiciosa que jamás logró arrancar. Escribir, dice, nunca le pareció un trabajo de verdad: sin sueldo, sin horario, sin jefes ni compañeros, la escritura solo le había dado una sensación permanente de no pertenecer a nada. Cuando la relación con Raúl se rompe, es él mismo quien le abre la puerta de un empleo: una carta de recomendación dirigida a Emilio Ríos, presidente de una consultora instalada en un edificio de cristal del paseo de la Castellana, un lugar donde las fachadas se reflejan unas en otras hasta volver irreal el paisaje.
La entrevista no ocurre en un despacho imponente sino en el asiento trasero de un coche negro, y la protagonista consigue el puesto casi por omisión: por no hablar, por no elogiar nada. La destinan a la planta cero, al mostrador de recepción, el punto más bajo de una torre de treinta pisos. Desde ahí, sin embargo, descubre que tiene el mejor observatorio posible. Todo el mundo pasa por el vestíbulo, y ella posee una memoria anómala para lo que a nadie le importa: conversaciones ajenas, titubeos, tonos de voz, gestos que los demás olvidan en cuanto ocurren.
Lo que ve, o cree ver, es una relación entre Hanna, la esposa alemana y mucho más joven del presidente, y Jorge, el chófer que conduce a ambos y que sueña con dejar el volante para montar un taller mecánico. Nadie más parece advertirlo. Alrededor de esa sospecha se ordena una anatomía minuciosa de la empresa: el humor de la plantilla entera pendiente de si el presidente saluda o pasa de largo; Teresa, su mano derecha, blindada de eficacia y de agenda; un director de recursos humanos cuyas pupilas oscilan sin descanso; y Sebastián Trenas, el vicepresidente, el hombre mejor vestido del edificio y el que menos importa dentro de él, ante cuya llegada los empleados se funden con la pantalla del ordenador para no tener que hablarle.
El ascenso llega antes de lo previsto, quizá por vías que la protagonista solo puede intuir, y la traslada de la planta cero a la diecinueve, a un puesto de responsabilidad sin apenas trabajo que hacer. El cambio de altura cambia también lo que puede mirar: ya no ve la calle, ve a sus compañeros.
Desde la primera línea la voz que cuenta advierte que nada de esto habría sucedido si aquel día no hubiera entrado en la torre: que hubo muertes, cabezas perdidas y secretos que debieron seguir guardados. Con esa promesa sostenida como una amenaza de fondo, la novela avanza en un registro irónico y precisamente observador, entre la comedia corporativa y el retrato moral, sobre el precio de pertenecer por fin a algún sitio. El resultado es también, en cierto modo, la novela que la narradora nunca creyó estar escribiendo.
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