Condenada por brujería en la aldea de Conwaymell, Maggie Wangerland bebe una pócima antes de arder en la hoguera: un conjuro que promete reunir sus cenizas siglos más tarde y devolverle la vida.
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Condenada por brujería en la aldea de Conwaymell, Maggie Wangerland bebe una pócima antes de arder en la hoguera: un conjuro que promete reunir sus cenizas siglos más tarde y devolverle la vida. Cuando el castillo que fue suyo pertenece ya a un coleccionista de libros solitario y adinerado, la promesa se cumple. La aparecida ofrece tres deseos a cambio de una suma de dinero para su único descendiente, y en la casa empiezan a morir personas. Novela breve de terror gótico con estructura de intriga criminal.
El relato arranca con una escena de linchamiento. Maggie, esposa del señor del castillo de Conwaymell, corre colina arriba perseguida por los vecinos que la señalan como bruja. Hija de una hechicera, ha pasado años intentando enterrar esa herencia, pero una sucesión de muertes inexplicables en la localidad basta para que la sospecha se vuelva sentencia. Su marido, hombre de escaso carácter, se ausenta en el peor momento; las criadas murmuran que ha huido para no tener que defenderla. Cuando Maggie descubre que todos los caminos de salida están cortados, decide recurrir a lo único que puede salvarla: los pergaminos de su madre y una receta que exige el corazón de una doncella muerta.
Esa noche en el cementerio es el centro moral del libro. La profanación no sale como estaba prevista —el cuerpo se agita bajo el cuchillo— y Maggie comprende demasiado tarde lo que acaba de hacer. La única fórmula que alcanza a preparar antes de que llegue la guardia no la libra del proceso, ni de la tortura, ni de la confesión arrancada, ni del poste: solo garantiza que sus cenizas, dispersadas por el viento, vuelvan a reunirse siglos después. Al pie de la hoguera murmura una promesa de dos palabras.
El segundo movimiento salta al presente. El castillo, restaurado varias veces, pertenece ahora a Edgar Lloggers, un cincuentón culto y sin herederos de su agrado que relee obsesivamente la crónica de aquella muerte. Ha contratado a Raquel como bibliotecaria y a un detective, Perry Gamet, para vigilar a sus sobrinos: Melinda, que mantiene a un joven que vive de ella, y Burt, arruinado por el juego y violento con su mujer. La velada en que Lloggers vuelve borracho y humillado de una declaración amorosa rechazada, un resplandor sobre el montículo donde ardió la hoguera reúne unas cenizas en la figura de una mujer de capa escarlata y ojos verdes rasgados.
El pacto que sigue no reclama almas. Maggie ofrece resolver los tres problemas que amargan a Lloggers —el amor, el vicio, el gigoló— y pide a cambio algo estrictamente terrenal: ciento cincuenta mil libras en billetes para Maximiliano Wangerland, un descendiente miserable que vive en una cabaña del bosque. Cumplirá ella primero, insiste, para que él no tema una trampa. Mientras el dueño del castillo duerme la borrachera, una doncella que ha visto más de lo que le convenía baja la colina para vender su información a la persona equivocada y termina en el fondo de un barranco.
A partir de ahí el libro funciona en dos registros simultáneos: la aparición sobrenatural que reparte favores con una amabilidad inquietante y una casa llena de parientes con motivos económicos muy concretos, donde el detective invitado a quedarse una noche va a tener que averiguar quién mata. La prosa es rápida, de capítulo corto y frase directa, con el gusto por el detalle macabro propio de la novela popular de terror: hogueras, jueces vestidos de negro, cementerios a la luz de la luna y una amenaza que puede ser tanto una hechicera regresada de la ceniza como alguien de carne y hueso sentado a la mesa de la cena.
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