Un presentador de televisión francés, sacudido por la enfermedad de sus padres y por la pregunta de su hija de diez años sobre la muerte, promete lo imposible: que nadie de su familia volverá a morir.
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Un presentador de televisión francés, sacudido por la enfermedad de sus padres y por la pregunta de su hija de diez años sobre la muerte, promete lo imposible: que nadie de su familia volverá a morir. Para cumplirlo emprende una investigación real por clínicas genómicas, laboratorios y consultas de longevidad, mezclando reportaje científico, sátira de la cultura del selfie y confesión personal.
Todo empieza con una pregunta de sobremesa. Romy, diez años, mira a su padre entre el microondas y el frigorífico y le pregunta si de verdad se van a morir todos: los abuelos primero, luego mamá, luego él, luego ella, los animales, los árboles y las flores. El padre —un presentador de televisión acostumbrado a medir su existencia en likes, selfies y unidades de ruido mediático— responde con una promesa imprudente: a partir de ahora ya no se morirá nadie más. El resto del libro es el intento, mitad grotesco y mitad desesperado, de cumplir esa frase.
La investigación arranca en Ginebra, con el pretexto profesional de preparar un programa sobre “la muerte de la muerte”, y avanza por consultas genómicas, laboratorios de manipulación del ADN, spas antiedad, protocolos de rejuvenecimiento y proyectos de descarga de la conciencia. El narrador entrevista a genetistas y médicos que hablan de secuenciación, células iPS, mutaciones deletéreas y células madre con la misma naturalidad con que otros hablan del tiempo, y que le devuelven respuestas menos complacientes de las que esperaba: el cerebro no se regenera, los errores de copiado del genoma son el precio de nuestra adaptabilidad, y los pacientes muy ancianos suelen decir que llega un momento en que uno se cansa.
El relato se declara “ciencia no-ficción”: los descubrimientos citados provienen de publicaciones científicas, las entrevistas se transcriben tal como fueron grabadas, y los nombres de investigadores, empresas, clínicas y máquinas son reales; solo los allegados aparecen protegidos bajo otros nombres. Esa mezcla permite que el capítulo de laboratorio conviva con la digresión ensayística —sobre el selfismo como nueva lucha de clases, sobre el narcisismo digital convertido en ideología planetaria— y con la crónica íntima de un hombre solo, separado, hipocondríaco y ávido de reconocimiento, que descubre que teme menos morir que envejecer.
Lo que sostiene el conjunto es la tensión entre dos deseos igualmente humanos: prolongar la vida hasta abolir su final y, al mismo tiempo, seguir mereciéndola. Entre la fondue compartida con una hija, el llanto egoísta ante una canción en la CNN y el catálogo de promesas transhumanistas financiadas por los hombres más ricos del planeta, el libro convierte la búsqueda de la inmortalidad en un espejo incómodo: cuanto más se acerca la ciencia a cumplir la promesa, más difícil resulta explicar qué haríamos exactamente con todo ese tiempo.