Una joven heredera londinense descubre por accidente que le quedan meses de vida y que su enfermedad traerá alucinaciones indistinguibles de la realidad.
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Una joven heredera londinense descubre por accidente que le quedan meses de vida y que su enfermedad traerá alucinaciones indistinguibles de la realidad. Horas después encuentra en la carretera el cuerpo descuartizado de una mujer que, al desaparecer sin rastro, la obliga a dudar de sus propios sentidos. El terror crece cuando reconoce ese mismo rostro entre los vivos.
Vanessa McQueen tiene veintidós años, una fortuna considerable, un prometido leal y unos dolores de cabeza que ya no puede seguir disimulando. En la antesala del veredicto médico se bebe cuatro whiskys, algo que jamás había hecho, y llega a la consulta del doctor Russell esperando lo peor. El facultativo la tranquiliza: un nervio excitado, unas pastillas, nada grave. Pero un gesto mínimo —el médico guardando su expediente en la carpeta justo antes de salir del despacho— siembra en ella una sospecha que no logra reprimir. Sola en la habitación, Vanessa lee el diagnóstico verdadero: un tumor cerebral inoperable, tres meses, seis, quizá un año. Y una advertencia que pronto se volverá el eje de su tormento: la enfermedad se manifestará en alucinaciones y pesadillas vividas despierta, con la misma intensidad que la realidad.
Callando lo que sabe, huye hacia Baillman, a la casona de la tía de su prometido, buscando compañía sin explicaciones. En la carretera, una piedra le corta el paso y la niebla le devuelve una escena imposible: los restos de una mujer joven repartidos por el campo, la cabeza clavada en una estaca, todavía hermosa, todavía tibia. Cuando regresa al lugar acompañada por Stanley Harrison, un piloto de líneas aéreas cuyo coche se ha averiado cerca de allí, no queda nada. Ni piedra, ni cuerpo, ni sangre. Él achaca la visión al alcohol; ella recuerda la letra del diagnóstico y siente que el suelo cede bajo sus pies.
La duda se convierte en pánico esa misma tarde, cuando la anfitriona le presenta a su nueva señorita de compañía: la misma muchacha de cabellera roja que Vanessa vio despedazada horas antes, viva, cortés y desconcertada ante el espanto que provoca. Mientras tanto, la comarca no ha dejado de ser peligrosa por motivos más terrenales: un condenado por el asesinato de cinco mujeres se fugó cerca de Baillman y la policía nunca dio con él. Entre la niebla, un prometido que aplaza la boda por negocios, un desconocido dispuesto a ayudarla y una verdad médica que Stanley confirma sin poder edulcorarla, Vanessa queda atrapada en la pregunta más cruel: si lo que ve no es real, está enloqueciendo; y si lo es, alguien está matando a su alrededor y quiere que ella no sea creída por nadie.
La narración avanza con la mecánica del relato de misterio clásico —capítulos breves, diálogo abundante, atmósfera de campiña inglesa saturada de niebla— y encuentra su fuerza en un dispositivo perturbador: una protagonista cuya percepción ha sido declarada oficialmente poco fiable. Cada aparición, cada testigo que niega lo evidente, refuerza a la vez las dos lecturas posibles, y el lector avanza tan desorientado como ella. Cuando la violencia deja de ser una imagen fugaz en la cuneta y toma cuerpo en el bosque, la novela revela que el peligro no vivía solo dentro de la cabeza de Vanessa.
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