Durante un paseo por el bosque, la señorita de compañía de una acaudalada dama descubre que el sendero que acaba de recorrer ha dejado de existir.
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Durante un paseo por el bosque, la señorita de compañía de una acaudalada dama descubre que el sendero que acaba de recorrer ha dejado de existir. Ese extravío imposible la conduce a una isla amurallada donde un cartel promete la entrada al infierno y donde una banda de encapuchados, dirigida por una figura vestida enteramente de rojo, secuestra, tortura y mata. Obligada a callar y sin pruebas que la respalden, la muchacha encuentra un aliado inesperado en un detective dispuesto a infiltrarse en la mansión donde sirve, convencido de que el rostro del criminal se oculta entre los habitantes de la casa.
Geraldine trabaja como señorita de compañía en la mansión de los Baxterding, en la pequeña localidad de Mellsbury, y dedica sus días libres a recorrer los caminos del bosque vecino. Esa costumbre inocente se convierte en el umbral de una pesadilla la tarde en que, al volverse, comprueba que el sendero por el que acaba de avanzar simplemente ha desaparecido: la maleza parece haber crecido de golpe a sus espaldas, cerrando el paso y borrando la ruta que conocía de memoria. Empujada por el pánico, corre por un atajo desconocido hasta la orilla de un lago en cuyo centro se alza una isla con una casa de fachada arruinada, rodeada por una tapia altísima.
Al desembarcar, la recibe primero el grito de un moribundo mutilado —un hombre rico de la comarca— y después una advertencia escrita sobre la puerta de hierro: quien entra allí entra en el infierno. Tres encapuchados la obligan a cruzar el umbral y a comparecer ante su jefe, el hombre altísimo y delgado vestido de rojo de pies a cabeza al que Mellsbury conoce por sus secuestros y por los cadáveres que devuelve cuando nadie paga el rescate. En lugar de matarla, el cabecilla decide algo más eficaz: hacerle ver, en el sótano, exactamente lo que les ocurre a quienes se niegan a obedecer, para que el silencio le nazca del miedo. Geraldine despierta después en el bosque, ilesa, sin sendero, sin isla y sin una sola prueba: como si todo hubiese sido un sueño.
La historia se traslada entonces a la ciudad, donde el detective Alex Morrison repara en una joven que bebe demasiado en la barra de una discoteca. La lleva a su casa, duerme en el sofá y esa noche escucha, en el delirio de una pesadilla ajena, el relato entero del horror. Contra toda lógica, decide creerla. Y como no puede acudir a la policía sin condenarla, elige el camino oblicuo: hacerse contratar como jardinero y portero de la mansión de Baxterding para observar de cerca a sus habitantes.
Allí el enigma se convierte en un problema doméstico y venenoso. La dueña de la casa, orgullosa y autoritaria; su nieto Michael, mimado, apático y despechado tras una propuesta de matrimonio rechazada; el secretario que administra la fortuna familiar desde hace dos décadas; y Herbert, el mayordomo engreído, alto y delgado, sobre quien recaen todas las sospechas de Geraldine por su estatura, su voz y las tres sílabas que un agonizante alcanzó a pronunciar antes de morir. La convivencia se tensa entre celos, insinuaciones y vigilancias mutuas, mientras el detective busca en el bosque un atajo que ya no está donde debería.
Cuando por fin obtienen una posible confesión —un miembro arrepentido de la banda que se arrastra hasta ellos envenenado, decidido a delatar a su jefe—, el nombre queda otra vez interrumpido a mitad de palabra. La novela avanza así, por revelaciones truncadas y confirmaciones que llegan tarde, alternando el terror físico del cautiverio con la paranoia de una casa donde el verdugo puede estar sirviendo la mesa. Narrada con frases cortas, exclamaciones y un pulso deliberadamente folletinesco, es una intriga criminal de sabor clásico: identidad oculta, geografía imposible, crueldad sin adornos y una protagonista huérfana que debe decidir si su salvación pasa por hablar, por huir o por un matrimonio que nunca deseó.
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