Cinco varones nacidos en Uruguay en 1980 comparten fecha de origen y poco más: una mansión de Punta del Este, un barrio sin dirección fija en Montevideo, un apartamento acomodado del Buceo, una casa de clase media en Salto y una vivienda…
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Cinco varones nacidos en Uruguay en 1980 comparten fecha de origen y poco más: una mansión de Punta del Este, un barrio sin dirección fija en Montevideo, un apartamento acomodado del Buceo, una casa de clase media en Salto y una vivienda humilde frente al parque Solari. En «Vidas paralelas», Charli Farinha Toni sigue a Ignacio, Alan, Andrés, Agustín y Rafael desde la infancia para preguntarse si la cuna condiciona el modo en que cada uno reconoce, niega o defiende su homosexualidad. Novela de ficción escrita en español rioplatense, con anotaciones al pie que acercan el habla local a cualquier lector.
Hay una pregunta que atraviesa esta novela de principio a fin y que su autor formula sin rodeos ya en la portada: ¿pueden influir los orígenes en la manera de encarar la homosexualidad? Para responderla, Charli Farinha Toni no construye un ensayo sino cinco vidas, todas iniciadas en el Uruguay de 1980, todas distintas desde el primer día.
Ignacio crece en una mansión cercana a José Ignacio, último hijo y único varón de un apellido que en toda la región se pronuncia con respeto. Lo tiene todo salvo compañía: se pierde en los pasillos de su propia casa, prefiere los juegos de sus hermanas a los juguetes que le compran sus padres y aprende muy pronto que hay partes de sí mismo que conviene no nombrar. El internado religioso donde lo inscriben añade a esa soledad una confusión que tardará décadas en descifrar, y que la novela relata con contención, sin regodeo, dejando que el lector adulto entienda lo que el niño todavía no puede.
Alan aparece un día en el barrio Borro sin apellido, sin fecha de nacimiento y sin nadie que lo reclame. Que hoy tenga las tres cosas se lo debe a doña Clotilde, una vecina que le pasaba comida a escondidas de su marido y que decidió inventarle una identidad para que pudiera ser alguien. Entre el cementerio del Norte, la escuela y el hogar de menores donde termina ingresando, Alan aprende a medir la vida en lujos mínimos —un techo, tres comidas, una huerta— y a entregarse por entero a las pocas personas que lo eligen.
Andrés nace en un apartamento del Buceo, entre un padre de ideas conservadoras y una madre que delega la crianza en las niñeras. Es él quien primero se pone palabras: a los siete años ya sabe lo que siente y se lo confía a la única persona que lo escucha sin corregirlo. Su familia terminará aceptándolo; su país, intuye, tardará más. Agustín, en Salto, llega al descubrimiento por la puerta contraria, la de la curiosidad y el silencio, y su historia derivará más tarde en una emigración a Madrid que no le resulta fácil. Rafael, el menor de cuatro hermanas en una casa de ladrillo desnudo frente al parque Solari, encuentra en las telenovelas una salida de la pobreza y una imagen de sí mismo; su madre lo comprende antes que nadie y decide callarlo, protegiéndolo y midiendo a la vez el precio de esa protección.
El libro avanza por capítulos alternos, uno por personaje, dejando que las cinco infancias se iluminen entre sí. El dinero aparta y también aísla; la miseria endurece y también enseña; la fe puede amparar o encubrir; y la aceptación familiar, cuando llega, no siempre alcanza. Escrita íntegramente en rioplatense —salvo en los personajes extranjeros— y acompañada de notas al pie que aclaran cada giro local, la novela combina el pulso del relato de formación con un retrato de época y una dedicatoria explícita a la comunidad LGTBIQ+: que algunas de estas historias no vuelvan a ocurrir y otras se vuelvan tan corrientes como el aire.
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